La concepción del mundo como una totalidad,


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1 Educación no : 39-43, y psicología julio-diciembre para de la paz Educación y psicología para la paz Miguel D.. Rojo González Profesor. Universidad de La Habana. La concepción del mundo como una totalidad, como un sistema, no ha existido siempre; se ha ido formando, precisando y aclarando en el espíritu y la conciencia de los hombres a través de los años, y tiene hoy su máxima expresión en la «mundialización». Esta formación progresiva de lo que pudiéramos llamar la «conciencia del mundo» no es espontánea o primaria; no constituye más que el reflejo del crecimiento de las relaciones y la interdependencia económica de las naciones en la conciencia de las personas. Estas relaciones, por ser de carácter capitalista, se basan en el interés, la ganancia y el dominio de los mercados y están, por eso, lejos de ser armónicas y felices. Por el contrario, son una permanente fuente potencial de conflictos, con el consiguiente peligro de una «solución» violenta. La primera y segunda guerras mundiales (fenómenos también de nuestro siglo) hicieron evidente la necesidad de buscar mecanismos que regulen dichas relaciones y eviten que los conflictos estatales (que son siempre, en el fondo, de intereses, aunque pueden asumir otra apariencia) se resuelvan por la violencia. Como respuesta a esta necesidad, surgieron «organizaciones internacionales» entidades antes desconocidas como las Naciones Unidas. Los esfuerzos de estas organizaciones se dirigen a la búsqueda de mecanismos e instrumentos jurídicos (leyes, reglamentos, declaraciones, etc.), que regulen las relaciones entre los Estados sobre la base de la legalidad, aunque no siempre de la justicia y la equidad, ya que, en la práctica, lo que se consigue realmente, las más de las veces, es la consagración del dominio de los más poderosos. Mediante la solución negociada de los conflictos, se proponen contribuir a conservar la paz e impedir el desencadenamiento de una Tercera Guerra Mundial. La inutilidad o, al menos, la escasa eficiencia de este empeño salta a la vista. Desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha, la humanidad no ha gozado de un solo minuto de paz universal. Hemos pasado, o estamos pasando, por las guerras de Corea, de Vietnam, del Golfo; por la invasión de Playa Girón; la Crisis de Octubre que puso el mundo al borde de la tercera conflagración mundial y la segunda atómica de la historia ; y el bloqueo a Cuba (una dura forma de guerra económica que se mantiene hace ya 39

2 Miguel D. Rojo González más de cuarenta años), por las invasiones de Granada y Santo Domingo, los desembarcos de tropas y el derrocamiento de gobiernos de todo tipo en Africa; por la agresión de los poderosos países de la OTAN contra el pueblo de Yugoslavia, etc. Para disimular el escándalo de tanta guerra, y no llamarla por su nombre, se han inventado eufemismos tales como «conflictos de baja intensidad», de los cuales se desarrollan en el mundo, en estos momentos, más de una veintena, y otros muchos pueden estallar en cualquier momento. Cómo es posible? Si nunca antes habían existido tantos organismos encargados de regular las relaciones entre las naciones; si hemos asistido en este siglo al surgimiento del Derecho internacional como disciplina científica y como instrumento, cómo es posible que estemos asistiendo ahora a la mayor proliferación de violencia que ha conocido la humanidad? Para buscar una respuesta a esta pregunta, se ha hecho necesario examinar más de cerca el fenómeno de la guerra, de la violencia en general y de la solución no pacífica de los conflictos, y se ha llegado a entender que el estudio del aspecto jurídico de las relaciones entre las naciones y el diseño de mecanismos e instrumentos que las regulen no bastan para la conservación de la paz. Deben ser complementados por el estudio de otras variables que tienen que ver con los individuos, con las personas, con la psicología de la agresividad y de la personalidad agresiva y con el diseño de las vías y los métodos más adecuados para la formación de rasgos y habilidades psicológicas que disminuyan (tanto como sea posible) la probabilidad del uso de la violencia, y aumenten la de la solución pacífica de los conflictos entre las naciones. Hoy, cuando la opinión y la moral públicas son un elemento que los políticos deben tener muy presente a la hora de decidir acerca de la solución de los conflictos, la violencia como tendencia de la conducta de las personas, y la agresividad como estado de ánimo, resultan factores determinantes que considerar para el mantenimiento de la paz. Puesto que en nuestro tiempo las guerras no son posibles sin contar con la mente de los hombres, también en sus mentes deben construirse las defensas de la paz. 1 La formación de estas defensas es el objetivo fundamental de la «educación para la paz». Pero no es solo por el reconocimiento de la importancia de las tendencias agresivas de los individuos, de los ciudadanos, para la conservación de la paz entre las naciones, que la psicología de la violencia y la educación para la paz son objetos de estudio que reciben una creciente atención. También la violencia ha venido a instalarse en nuestra vida cotidiana amenazando nuestras ciudades, escuelas y familias. Nunca antes como ahora fue tan usada en la solución de los conflictos entre las personas, incluyendo los niños y adolescentes. El gusto por la violencia es hoy tan fuerte, que se ha convertido en una mercancía que venden las transnacionales de la comunicación en libros, revistas, películas, videos y hasta en la música, y es demandada ávidamente por un público cada vez más numeroso y exigente. Cómo es esto posible en un mundo que se supone cada vez más «civilizado»? Y cómo es posible que esta situación sea más crítica precisamente en los países más «desarrollados»? Esta situación muestra claramente que existe un vínculo orgánico, necesario, no casual, entre la violencia como parte de la cotidianidad de las gentes y la violencia como recurso de los Estados para solucionar sus conflictos; que el problema de la violencia y, por tanto, el de la conservación de la paz es complejo, por lo que requiere, para su solución más eficiente, de estudios serios y profundos que lo aborden desde los ángulos de diferentes disciplinas. La guerra y la paz han dejado así de ser problemas exclusivamente jurídicos, de la normación del orden internacional, para devenir temas de estudio de otras ciencias como la psicología y la pedagogía. Para estimular, organizar y encauzar estos estudios, los Estados aprueban presupuestos especiales y se crean agencias nacionales e internacionales como el Instituto Africano para las Investigaciones de la Paz (APRI), 2 la Asociación Internacional para la Investigación de la Paz (IPRA), el Instituto Internacional para la Investigación de la Paz de Oslo (PRIO), el Instituto de Investigación de la Paz de Frankfurt (PRIED), el Instituto Internacional de la Investigación de la Paz de Estocolmo y la Universidad de las Naciones Unidas, entre otros muchos. 3 Educar para la paz El objetivo de los estudios que promueven esos organismos, en términos generales, es el de comprender la violencia, las condiciones que la propician, los factores que la desencadenan, los mecanismos para su control y autocontrol, etc., para fundamentar el diseño de los contenidos, las técnicas, los métodos y los procedimientos que integran la educación para la paz. De acuerdo con la concepción del problema de la paz, que expuse antes, la violencia, como parte de la cotidianidad y de las reacciones de los individuos, es inseparable de la tendencia de los Estados al uso de la violencia para la solución de los conflictos. La educación para la paz deberá entonces construir «defensas mentales» en la conciencia de los individuos, tanto para evitar la solución violenta de los conflictos entre los Estados, como para que no recurran a la violencia en la solución 40

3 Educación y psicología para la paz La educación para la paz no puede reducirse a la transmisión de conocimientos sobre cada uno de estos aspectos. Para que esa educación sea eficiente y evite la violencia, tiene que involucrar tres niveles: cognitivo, afectivo y aptitudinal. de sus problemas particulares con otros individuos. La educación para la paz debe contener entonces, de acuerdo con la concepción que promuevo, no solo la educación de la vocación internacional (según la expresión de la Recomendación, de 1974, de la UNESCO), 4 sino también la educación para el desarrollo sostenible y el respeto del medio ambiente, la educación para la tolerancia, la educación para vivir en paz consigo mismo, y la educación para la solución pacífica de los conflictos. La educación de la vocación internacional (siempre de acuerdo con la Recomendación de la UNESCO) comprende a su vez: 1) la educación para la comprensión y la paz internacional; 2) la educación para el desarme; 3) la educación sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales; 4) la educación para la democracia; y 5) la educación inter y multicultural; 6) la enseñanza de los más graves problemas de la humanidad. El objetivo no es educar a individuos ignorantes, complacientes y menos aún cómplices, de las injusticias del orden mundial. Se trata precisamente de lo contrario: educar individuos conscientes de que ese orden es injusto, que constituye una violencia, que se mantiene por ella y que es necesario luchar para eliminarlo y establecer un orden justo y equitativo. En los objetivos de la educación para el desarrollo sostenible y el respeto del medio ambiente se funde la preparación de los individuos para la corrección de las injusticias actuales en la distribución de la riqueza, y el consumo en el mundo y en cada nación, con su preparación para la comprensión de que se debe y se puede alcanzar el desarrollo sin comprometer el destino sobre la tierra de nuestros descendientes. Se trata también, al mismo tiempo, de inculcar el respeto y el amor por la naturaleza y por los ambientes en los que el hombre vive. No todos estarán de acuerdo con la inclusión de la educación para el desarrollo sostenible y el respeto del medio ambiente dentro de la denominación de educación para la paz, debido quizás a la enorme importancia que este rubro tiene en nuestros días. Sin restarle nada de esta importancia, la formación de un ciudadano responsable, fuertemente apegado a los más altos valores humanos en definitiva, el objetivo de la educación para la paz, no estaría completa si no se incluye este aspecto. Las relaciones entre las personas, la educación para la tolerancia, es uno de los elementos fundamentales de la educación para la paz. La tolerancia (o su antónimo, la intolerancia) son reacciones de las personas a las diferencias. La intolerancia aparece cuando una persona rechaza, reprime, menosprecia a otra por un rasgo, una cualidad, una condición diferente de la suya; se manifiesta como un prejuicio, conduce a la discriminación y puede tener el origen más diverso: la raza, la religión, la nacionalidad, el sexo, la profesión, las ideas políticas, la edad, etc. La tolerancia es un elemento fundamental de la paz, en tanto la discriminación puede servir, ha servido y está sirviendo para «justificar», a los ojos de unos, las injusticias y las violencias cometidas contra otros. Del mismo modo que en el caso de la educación de la vocación internacional, el objetivo de la educación para la tolerancia es educar a las personas en el respeto a las condiciones y las ideas de los demás. Esto no significa promover actitudes de complacencia o de complicidad con ningún tipo de conducta que atente contra los valores humanos. Además de su significación para la felicidad y la estabilidad emocional de las personas, la educación para vivir en paz consigo mismo prepara a los individuos para vivir en paz con los demás. Mal puede tolerar a los otros quien no se tolera a sí mismo, pero también mal puede tolerar a los otros quien está tan convencido de su propia perfección y considera inferiores a todos los demás. Vivir en paz consigo mismo implica alcanzar un estado de madurez en el que reconocemos y aceptamos nuestras virtudes y nuestros defectos, en el que aceptamos nuestra imperfección como característica de la condición humana compartida por todos. La educación para la solución pacífica de los conflictos implica tanto la renuncia de la violencia como el desarrollo de las estrategias y las habilidades para la solución pacífica de los conflictos. Ello requiere no solo el control de los impulsos agresivos, sino también la inteligencia para encontrar argumentos convincentes, intereses comunes, en fin, todos los elementos que pueden llevar al éxito los procesos de negociación a través de los cuales se solucionan pacíficamente los conflictos. En cuanto a estos grandes rubros o aspectos que componen la educación para la paz y la solución pacífica de los conflictos, existen dos grandes enfoques: uno, que llamamos fragmentario, y otro holístico. El primero 41

4 Miguel D. Rojo González enfatiza la independencia de estos elementos y minimiza sus relaciones y su influencia recíproca en la educación para la paz. El segundo, por el contrario, subraya las relaciones de estos componentes, postula que forman un sistema y que no es posible considerar logrados los objetivos de la educación para la paz mientras no se hayan desarrollado armónicamente todos y cada uno de ellos en la personalidad de los educandos. Desde mi punto de vista, la justeza del enfoque holístico es evidente: ninguno de los aspectos de la educación para la paz que enumeramos puede ser desarrollado unilateralmente, so pena de errar las metas y los objetivos que se persiguen. La educación para la paz no puede reducirse a la transmisión de conocimientos sobre cada uno de estos aspectos. Para que esa educación sea eficiente y evite la violencia, tiene que involucrar tres niveles: cognitivo, afectivo y aptitudinal. Cognitivo en tanto la educación para la paz implica la transmisión de información, la formación de conceptos y el conocimiento de principios; afectivo, porque la educación para la paz implica la formación de un vínculo personal, de un compromiso, con las ideas y principios que se transmiten; y aptitudinal, ya que dicha educación no está completa mientras no se formen y desarrollen las habilidades y capacidades para actuar de acuerdo con los conocimientos, y resolver los conflictos de manera pacífica. Uno de los problemas cardinales de la educación para la paz es la forma en que van a incluirse en los planes y programas de estudios de las escuelas frecuentemente ya muy sobrecargados, los temas y las acciones educativas correspondientes a cada uno de los aspectos que la componen. Las alternativas son dos: la educación para la paz se constituye como una asignatura o una disciplina independiente, o los temas y las acciones que la componen se incluyen y se coordinan dentro de las otras disciplinas que ya forman parte de los currículos. Se aprovechan las oportunidades que brindan las asignaturas de ciencias naturales o sociales para incluir, de manera oportuna y coherente, los temas y las actividades que tributan a la educación para la paz. Esta segunda alternativa es la que parece más viable, y para ella se produce la mayor cantidad de materiales de apoyo. Psicología para la paz La educación para la paz y la pedagogía de la educación para la paz, como todas las otras modalidades educativas, tienen estrechas relaciones con la psicología, que les brinda fundamento a sus técnicas y procedimientos. Uno de los aspectos psicológicos más polémicos acerca de la violencia y la agresividad es el de su naturaleza. Para unos, la agresividad es un rasgo de la «naturaleza humana»; para otros, una adquisición, un aprendzaje, una adaptación a una situación social e histórica. La importancia de este problema para la educación para la paz salta a la vista. Si la agresividad es inherente a la «naturaleza humana», entonces todo lo que la educación puede hacer es inhibirla, reprimirla. La educación para la paz se limitaría a técnicas de inhibición y de represión. Si, por el contrario, la agresividad es una condición aprendida, puede dirigirse no solo a los mecanismos de su inhibición o represión, sino también a los de aprendizaje de las conductas agresivas, a los objetos contra los que se dirige, a las situaciones y las condiciones que las engendran y los mecanismos que las disparan. Ha sido el psicoanálisis freudiano la corriente psicológica que más fuerte y sistemáticamente ha sostenido la hipótesis del carácter «natural» e «instintivo» de la agresividad. Para Freud, la psiquis humana está gobernada por Eros y Tanatos, dioses del amor y de la muerte, representantes de los impulsos de la vida y de la muerte, los instintos del amor y de la agresividad. Freud fundamentó esta hipótesis acerca de la conducta humana en una analogía con el animal. Este mata «instintivamente» y el hombre mata también; por tanto, su conducta es también «instintiva», «natural». Esta analogía olvida que el animal mata por una necesidad biológica y muy raramente a otro de su misma especie. 5 Solo el hombre mata por odio, por venganza, por desprecio o por el poder y, cuando lo hace, es siempre a uno de sus semejantes. Esto no ocurre nunca entre los animales «no racionales». La violencia como tal, la agresividad como rasgo o estado de ánimo parece ser exclusivamente «humana». Y esto resulta coherente con la hipótesis de su origen social. Por qué la agresividad y la violencia se manifiestan con mayor frecuencia e intensidad cuando existe algún conflicto, es hoy objeto de estudio preferencial. Desde el punto de vista psicológico, los conflictos pueden ser intra e interpersonales. Se produce un conflicto intrapersonal cuando la persona debe decidirse por una alternativa entre dos o más que se perciben como igualmente positivas o negativas. Los conflictos de este tipo son, sin dudas, muy molestos; pero por su propia naturaleza intrapersonal raramente desembocan en una conducta violenta. El conflicto interpersonal es el que más nos interesa desde el punto de vista de la violencia. Se produce entre dos o más personas cuando los bienes, los 42

5 principios, el territorio o las relaciones interpersonales están en juego. 6 Los bienes materiales del hombre han sido siempre una de las más frecuentes fuentes de conflictos; los principios de todo tipo religiosos, políticos, morales, artísticos, etc., son fuentes potenciales de conflicto, como lo es también el territorio físico (la casa, el país) o psicológico (la propia identidad y la imagen de sí mismo). Las relaciones interpersonales que asumen la forma de dominación, de sumisión, de expectativas, de diferencias personológicas, etc., constituyen también potenciales fuentes de conflictos. Ninguno de esos conflictos es necesariamente negativo, ni tiene que resolverse por la violencia; todo depende de la forma en que la situación conflictiva sea percibida y afrontada por las personas involucradas. El conflicto puede y debe ser un agente del desarrollo. En realidad, una sociedad sin conflictos además de ser utópica sería también inerte. Desde este punto de vista, el objetivo de la educación para la paz no debe ser la eliminación de los conflictos, sino la trasmisión de los conocimientos y la formación de las actitudes y habilidades para enfrentarlos positiva y creativamente. Existen diferentes formas de afrontar los conflictos, que pudiéramos situar entre dos polos negativos: ceder pasivamente o defender agresivamente lo que consideramos nuestro. Los conflictos se pueden «evitar» (con la «prudencia» que siempre nos aconsejan nuestras abuelas), «ignorar» (la estrategia del avestruz), «afrontar agresivamente«(buscar la anulación del otro, su dominación, su humillación, su desaparición física, psíquica o social, etc.), o bien se pueden «negociar». A una solución positiva y creativa de los conflictos incluso de los intrapersonales solo se puede llegar mediante la negociación. Por eso, de una forma o de otra, la cultura de la paz es la cultura de la negociación. El Educación y psicología para la paz mundo la alcanzará cuando la tolerancia, la vocación internacional, el respeto del medio dentro de las metas del desarrollo sostenible, y las habilidades para encontrar los intereses comunes por encima de las diferencias y para hacerlos valer, se conviertan en atributos, rasgos y cualidades de todas las personas. A ese objetivo supremo se dedica la educación para la paz. Notas 1. Esto también lo saben, por supuesto, los fabricantes y mercaderes de la guerra, que manipulan las mentes de las personas para romper esas defensas. 2. Estas y las otras siglas corresponden a la denominación inglesa. 3. Para una bibliografía acerca de las investigaciones del tema, véase Shapour Rassekh, Éducation et culture de la paix: sélection bibliographique mondiale, UNESCO, París, UNESCO, Recomendación sobre la educación para la comprensión, la cooperación y la paz internacional y la educación relativa a los derechos del hombre y a las libertades fundamentales, adoptadas por la Conferencia General de la UNESCO en la ocasión de su decimoctava sesión, París, El hombre también mata para comer pero, al igual que el animal, sin ninguna agresividad. Nadie diría que el carnicero «odia», «desprecia» o «minusvalora» a la res o el cerdo que sacrifica para comer. 6. Véase Sonia Bofill Sánchez, Hacia una cultura de paz y tolerancia: diagnóstico en la adolescencia de las causas y los estilos de afrontamiento que se dan con más frecuencia en el proceso de solución de conflictos, Diploma de Licenciatura en Psicología tutoreado por el autor, Biblioteca de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, 1998.,

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