LA ESPIRITUALIDAD MARTIRIAL EN LA ESENCIA DE LA IGLESIA Miguel Navarro Sorní Facultad de Teología de Valencia


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1 ARZOBISPADO DE VALENCIA VICARÍA DE EVANGELIZACIÓN COMISIÓN DIOCESANA DE ESPIRITUALIDAD C/ Avellanas, 12 Telf: Valencia Valencia, 23 de noviembre 2015 LA ESPIRITUALIDAD MARTIRIAL EN LA ESENCIA DE LA IGLESIA Miguel Navarro Sorní Facultad de Teología de Valencia El martirio es una de las experiencias espirituales cristianas más antiguas y fundamentales, tan antigua como la Iglesia misma y consubstancial a ésta, pues la Iglesia nace de un martirio, el de Cristo, de cuyo costado traspasado en la cruz brota la Iglesia. El evangelista san Juan al narrar la muerte de Cristo dice que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). Sangre y agua, símbolos de la Eucaristía y del Bautismo, los sacramentos por los que entramos en la Iglesia y nos consolidamos en ella como miembros vivos, unidos a la cabeza que es Cristo. Así pues, el martirio es una realidad inherente a la Iglesia, y no debemos extrañarnos de que se dé permanentemente en la historia de ella (con mayor o menor incidencia), pues si la Iglesia, si el cristiano es fiel a su misión, no puede disociarse de la suerte de su Maestro, de su Señor: despreciado, rechazado, burlado, perseguido, crucificado. El mismo Cristo lo anunció varias veces a los discípulos: En el mundo tendréis pruebas (Jn 16,33), todos os odiarán por mi causa (Mt 10,22), si en el leño verde se hace esto, en el seco qué se hará? (Lc 23, 31). Por desgracia muchas veces la ausencia de persecuciones lo que indica es una acomodación al mundo, una disminución del espíritu cristiano, una debilitación del mismo, que hace que no sea sal ni luz del mundo, y por lo tanto no provoque, no queme ni deslumbre, no incomode, y en consecuencia, no sea perseguido. Por otra parte, el martirio es la condición de fecundidad de la Iglesia. El Señor lo afirmó claramente: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo (Jn 12,24). Y se refería a su sacrificio en la cruz, con el que todos nosotros estamos configurados por el bautismo, y con el que debemos configurarnos siempre de un modo espiritual y, si fuera necesario, también de un modo material, derramando nuestra sangre como la de Cristo para dar testimonio del Padre, del Amor del Padre, de la Verdad. Ya en los primeros días de la Iglesia naciente se vio esta fecundidad del martirio, cuando en Jerusalén, según narran los Hechos de los Apóstoles, se desató una violenta persecución contra los cristianos helenistas, de la que fue víctima san Esteban, el protomártir. Pues bien, esta persecución no logró sofocar la pequeña Iglesia, sino todo lo contrario: la difundió por el mundo, pues, como se nos dice en los Hechos, los perseguidos se dispersaron por Judea y Samaria, y al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo la Buena Noticia (Hch 8,1-4). La persecución provoca la expansión de la Iglesia, su salida de los estrechos límites de Jerusalén y su apertura al mundo entero. Y así es siempre, aunque nos cueste creerlo, aunque no veamos los resultados. Como dijo Tertuliano: la sangre de los cristianos es una semilla. 1

2 Desde su nacimiento la Iglesia experimentó el martirio, la persecución. En primer lugar fue la oposición del judaísmo, en cuyo seno había nacido. Después, el cristianismo naciente tuvo que sufrir la persecución del imperio romano, que consideraba a los cristianos ateos, seguidores de una superstición depravada, de nefastos efectos sociales, y por lo tanto, nocivos para el estado. Sería interesante profundizar en todo esto, en el problema de las causas de las persecuciones, pero no tenemos tiempo. Baste sólo saber que la Iglesia, desde su mismo nacimiento, se vio sometida a la persecución y al martirio, porque ambas realidades le son inherentes (aunque no siempre se trate de un martirio cruento). Lo cierto es que el martirio marcó los primeros siglos de la Iglesia, y de un modo u otro ha estado siempre presente en la vida de esta, como un valor al que no puede renunciar. Y lo está también en la actualidad, visto el gran número de cristianos que en diversas partes del mundo continúan siendo perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados a causa de su fe. De tal modo que, como dijo Louis Bouyer, no es exagerado afirmar que después de los escritos del Nuevo Testamento, ningún otro factor ha tenido tanto peso en la constitución de la espiritualidad cristiana como la experiencia martirial (Bouyer, La spiritualité du Nouveau Testamente et des Peres, 238). El martirio, pues, continúa siendo el criterio de la fe, el valor culminante de la experiencia religiosa, en cuanto don supremo de adoración y de amor a Dios. Vamos a ver rápidamente los elementos esenciales de la espiritualidad martirial en la Iglesia antigua, para que sirvan de reflexión y estímulo a nuestra propia espiritualidad. Pero antes veamos un poco de filología bíblica, porque en la literatura neotestamentaria se encuentran las premisas de la noción cristiana de mártir. En la literatura griega el término se usaba sobre todo en ámbito forense (judicial) para indicar el testigo oficial en un proceso o en un acto jurídico (un testamento, contrato, compra, venta, etc.). Así, mártir es quien depone (testifica) sobre acontecimientos que ha presenciado o sobre personas o situaciones que conoce directamente, o da fe de una acción a la que asiste (nótese el componente experiencial que implica). Pero pronto en la lengua vulgar se amplía el uso del término y se le sobrepone el sentido de testigo de una idea, una verdad u opinión que se considera verdadera. Esto es importante porque el término técnico cristiano tomará como base esta acepción. Y así se utiliza en el Nuevo Testamento. Así, la noción técnica de mártir se insinúa ya en Hch 22, 20 a propósito de Esteban (al que se le denomina mártir (testigo), pero no por su muerte, sino por la proclamación de la palabra); comienza a perfilarse en 1 Pe 5, 1, cuando el apóstol se declara testigo de los sufrimientos de Cristo, con clara alusión tanto a su experiencia como testigo ocular de la pasión de Cristo, como a los sufrimientos padecidos por él mismo a causa de la fe. En el Apocalipsis el término aparece 5 veces, dos de ellas se aplica a Cristo, el testigo fiel (1,5; 3,14), y las restantes a cristianos: a Antipas (2,13) el testigo fiel asesinado en Pérgamo, a los dos profetas que dan testimonio en Jerusalén durante 1260 días y luego son asesinados por la bestia que viene del abismo (11,3) y en 17, 6 a los testigos de Jesús, de cuya sangre (y de la de los santos) se emborracha la gran prostituta. Ahora bien, en todos estos textos mártir no indica la muerte cruenta, sino el testimonio de Cristo. Por tanto, no cualquier cristiano que muere por la fe es llamado mártir, sino sólo aquellos que trabajan por la evangelización, en calidad de testigos que llaman a otros a la fe, a la verdad del Evangelio, y que han probado la seriedad de su testimonio afrontando la muerte. Éstos son los testigos fieles, los únicos testigos en sentido pleno, sólo a ellos se aplica el termino. Por tanto, en la literatura neotestamentaria se encuentran las premisas de la noción cristiana de mártir. De allí los primeros cristianos sacaron dos ideas muy importantes relacionadas con el martirio y que conviene que tengamos bien en cuenta: en primer lugar, que no se es mártir por el simple hecho de sufrir tormentos o dar la vida, sino por hacerlo a causa Cristo, para dar testimonio de Cristo. San 2

3 Agustín lo expresará rotundamente diciendo que martyres non facit poena sed causa. Y, en segundo lugar, que sólo Jesús lleva con justicia, plenamente el título de mártir, pues ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37), y muriendo ha probado hasta qué punto ha cumplido con integridad la misión encomendada por el Padre. El crucificado es el prototipo de los testigos cristianos. El martirio cristiano no es más que una participación en o una continuación del martirio de Cristo. Pasemos ahora a ver los elementos esenciales de la espiritualidad martirial en la Iglesia antigua. 1. El martirio como vocación, obra de la gracia divina En primer lugar, debemos decir que el martirio fue siempre visto en la Iglesia antigua como una vocación, fruto de una llamada divina a la que responde libremente el cristiano. Por eso, el anónimo autor de la carta de los Mártires de Lyón, I (p. 330), escribe: día a día iban siendo apresados los que eran dignos de esta gracia. En efecto, el martirio no es tanto el fruto de una decisión heroica, cuanto obra de la gracia, que por un inescrutable designio llama a algunos al testimonio supremo, mientras a otros no (bien porque no los considera dignos, bien porque tiene otros planes para ellos, o bien porque no es todavía su hora). Lo cierto es que el discípulo debe estar disponible, cuando llame el Señor, para dar la vida. Debe prepararse a través de la oración y la mortificación para acoger la voluntad divina, pero no la puede preceder, forzar ni condicionar de ningún modo. Ni siquiera puede provocar o buscar la prueba, entregándose adrede al martirio. Pero cuando se ve conducido ante los tribunales, no reniega de su fe, porque considera ésta como el valor más grande, preferible a la vida. Unas palabras de san Cipriano resumen bien el pensamiento de la Iglesia de los primeros siglos sobre este punto: Ninguno de vosotros [...] se presente espontáneamente a los gentiles. Si uno es arrestado y entregado [a los magistrados] debe hablar, porque Dios, presente en nosotros, hablará en ese momento, pues él prefiere la confesión a la autodenuncia pública. (Carta 21, 4). Por tanto, la Iglesia primitiva desaconsejaba entregarse voluntariamente al martirio, esto lo hacían los herejes montanistas, porque no es el hombre quien decide ser mártir, sino Dios. Así pues, el martirio presupone una vocación particular. Dios llama a todos los cristianos al testimonio, a la confesión de la fe, pero sólo a algunos les reserva el privilegio de hacerlo con el derramamiento de su sangre. De aquí el apelativo eletti (elegidos) reservado a los llamados a dar la prueba suprema de amor a Cristo. Esta idea la compendia san Cipriano en el De mortalitate (17), obra dirigida a los fieles de Cartago turbados por la llegada de la peste (años ); a los que objetaban que se habían preparado inútilmente al martirio, porque iban a morir a causa de la epidemia, les responde: El martirio no depende de ti, sino de la elección de Dios. Por tanto, no puedes decir que has perdido lo que no sabes si habrías merecido recibir. De hecho Dios, que escruta lo íntimo y el corazón, contempla y conoce lo escondido, te ve, te loa y te aprueba. Él, que ve que te habías procurado la fuerza para el martirio, te recompensará en proporción a tu valor. Ahora bien, la gracia divina no se limita sólo a la invitación al martirio, sino que acompaña todo el itinerario del testimonio martirial. Por gracia es llamado un cristiano al martirio, y por gracia lo acepta y soporta pacientemente. En su artículo Testigos de la verdad, escribe Eric Peterson: Todo aquí es consecuencia de la gracia: tanto la confesión pública como el sufrimiento público. O sea, gracias a la gracia divina, la criatura aguanta la prueba sin prestar atención a los sufrimientos que sufre, pues vive ya en la dimensión divina. Es el Señor quien, al lado del discípulo, le infunde la fuerza para sostener las diversas pruebas victoriosamente. A este respecto el autor del Martirio de san Policarpo (2, 1) escribe: Dichosos y generosos son todos los martirios que suceden según la voluntad de Dios. Por eso debemos ser más religiosos y atribuir a Dios la fuerza contra todos [los tormentos]. 3

4 Ahora bien, la acción de la gracia divina presupone la decisión libre del hombre, su colaboración y adhesión. Dios no sustituye al hombre. Por eso el martirio, además de ser un don, es también una elección voluntaria del mártir, dictada y animada por el amor, una respuesta a la invitación del Señor. Voluntad que implica la aceptación generosa de la voluntad de Dios. El mártir, pues, vive con plena conciencia los diversos momentos de su prueba: el arresto, la cárcel, el proceso, la tortura y, finalmente, la ejecución. Y aun gozándose del sacrificio, advierte en su carne el miedo y la angustia ante los tormentos y la muerte violenta. Todo esto la víctima lo tiene presente, pero lo acepta y no se echa atrás porque confía plenamente en que Dios le sostendrá, pues sabe que no cuenta con sus solas fuerzas humanas en el combate, sino que estará acompañado y animado por el Señor, del cual está dando testimonio. El martirio cristiano, pues, es un encuentro perfecto entre el amor de Dios y la respuesta generosa de la criatura, entre la gracia divina, que eleva y fortalece la debilidad humana, y la voluntad libre del hombre, sin quitar nada a la decisión de éste, que continúa siendo libre en todo momento de echarse atrás. Así en el martirio interviene la libertad, pero siempre como respuesta a la gracia divina y movida por ésta. 2. El martirio, testimonio supremo de la fe La esencia del martirio consiste en ser el testimonio supremo de la fe. Si el mártir afronta con valentía los tormentos y la muerte no es porque sea un superhombre, un héroe por encima del común de los mortales, pues en la hora de la prueba experimenta la angustia y el miedo, sino por su fe, en concreto la fe en la resurrección de Jesucristo, por la que éste ha sido constituido señor de vivos y muertos (Rom 14, 9). La consideración de la vida futura y del juicio del que depende la salvación o la condenación es la guía que orienta al mártir, el punto firme sobre el que se apoya, pues, en comparación con la salvación prometida la vida presente no tiene valor supremo, absoluto; de manera que al ser conducido ante el tribunal, al ponerle frente al dilema de renunciar a la fe o a la vida, el mártir toma esta postura que describe san Hipólito: Es preferible morir a causa de hombres injustos, para vivir junto a Dios, que consentir y ser librado de ellos para caer en las manos de Dios (I, 21-22). De esta fe en Dios señor y juez de la vida y de la historia proviene la fortaleza del mártir. Por tanto, la actitud cristiana ante el martirio no proviene de una ideología ni de una convicción filosófico-moral, sino de un imperativo religioso inherente a la misma fe: Dios es el valor supremo y frente a él cualquier otro valor, por muy bueno que sea, queda relativizado. Por eso el testimonio de la fe aun a costa de la propia vida pertenece a la esencia de la vocación cristiana, y ninguna consideración de oportunidad puede eximir de este deber. Para los cristianos del tiempo de las persecuciones éstas no eran motivo para esconder la fe, sino que la fe debía continuar manifestándose a pesar del peligro, es decir, el cristiano tiene que vivir públicamente como tal, sin miedo a las autoridades o las personas que le persiguen. Pero, cómo fortificar la fe para dar este paso? Transformándola en esperanza viva. La fortaleza para vencer en el martirio proviene de la confianza en Dios, por eso, a propósito del pasaje de Daniel en el foso de los leones, san Hipólito exclama: Qué poderosos son los que ponen su esperanza en Dios más que en los hombres! (III, 29). En el fondo del martirio cristiano se encuentra una actitud de confianza en Dios, y por lo tanto de amor hacia él. El móvil del martirio no es el deseo egoísta de asegurarse la gloria, sino el deseo de darse a Dios por completo, de inmolarse por él para dar testimonio de él en un mundo que le es hostil. Lo que empuja a tal generosidad no es un esfuerzo heroico de índole moral, sino el amor de Dios al que el mártir responde con su amor. 4

5 3. El martirio, perfección de la vida cristiana Por eso el martirio es la perfección de la vida cristiana. Perfección por la caridad, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. El mártir abandona conscientemente cuanto más quiere (bienes, amigos, familia, la misma vida) por Dios, por Cristo. Digamos que se anula humanamente en lo que tiene y es para ser de Cristo, de Dios, para afirmar la prioridad de Dios sobre todo y el poder de Dios sobre todo. De este modo testimonia su amor a Dios. Todo esto se percibe en el testimonio de los mártires de los primeros siglos: su preocupación es actuar en conformidad con la voluntad de Dios, cumplirla sin dejarse condicionar por las amenazas. Son conscientes de que el haber sido elegidos para dar testimonio de la fe en el martirio es un gran don que Dios les ha hecho, y que no responder generosamente sería traicionar a quien les ha amado primero. Así, la ofrenda de su vida es un sacrificio de acción de gracias a Dios. Esto explica el entusiasmo y la alegría que muestran a pesar de los tormentos. 4. El martirio seguimiento perfecto de Cristo Pero no comprenderíamos todavía lo que el martirio era para los primeros cristianos si no lo entendiéramos como seguimiento o imitación perfecta de Cristo, el único por el que se puede llegar al Padre, el modelo supremo de obediencia a la voluntad de Dios. Cristo con su pasión y muerte es el modelo de todo mártir cristiano, y así se comprende que los mártires de Lyón no quisieran ser llamados así, diciendo que sólo a Cristo corresponde el título de mártir. Orígenes le llamará archimártir. Naturalmente, la imitación de Cristo no se limita al martirio, sino que se extiende a toda la vida del cristiano (hay que imitar su bondad, su humildad, su generosidad, su paciencia, etc.). Pero en el martirio encuentra esta imitación su realización más completa, al imitar a Cristo sufriente, entregado por nuestra salvación, pues el mártir revive en sí, no sólo místicamente sino también físicamente el misterio de Cristo muerto y resucitado, el misterio pascual. Por eso todos los escritos de los siglos I al III sobre el martirio insisten en que éste es la imitación por excelencia de Cristo, y presentan al mártir como compañero del Señor y su imitador más perfecto: colega de la pasión de Cristo, dirá san Cipriano. Ahora bien, la imitación de Cristo no es una reproducción exterior de la vida de éste, sino una comunión de vida con él. Es llevar a plenitud el estar crucificado con Cristo, en el que nos ha colocado el Bautismo. De tal manera que los mártires tienen conciencia de estar completando en su pasión la de Cristo: es decir, ven el martirio en clave sobrenatural, no en clave terrenal. Por la cruz, por el martirio, por la muerte, se va a la resurrección, a la vida, a la gloria: esa es la perspectiva del mártir cristiano. No se queda en una imitación exterior de los sufrimientos de Cristo, sino que es un participar de su muerte para participar también de su resurrección. Sin esta perspectiva escatológica el mártir sería un fanático, un loco, no un testigo de Cristo. La conciencia de esta unión con Cristo victorioso, resucitado, es la que infunde alegría y serenidad al mártir durante sus pruebas, pues posee ya los bienes en que espera, goza por anticipado del premio que alcanzará por la prueba. Están seguros de que Cristo, al que han confesado, dará testimonio a favor de ellos ante el padre y los introducirá en la gloria, según su palabra si alguno se pone de mi parte delante de los hombres, también yo me pondré de su parte ante mi Padre celestial. 5. El martirio don del Espíritu Santo y combate con Satanás Por todo esto, no se puede comprender al mártir cristiano sin la acción del Espíritu Santo. Para los primeros cristianos el martirio era el carisma (don, gracia) por excelencia del Espíritu Santo, su don, su fruto, consecuencia de una efusión sobreabundante de gracia y de amor. Por eso se dice de los mártires que están llenos del Espíritu, o ardientes con su fuego, que tienen en sí al Paráclito. Así, es el 5

6 Espíritu quien dirige al mártir a cumplir plenamente la voluntad divina, a conformarse perfectamente con Cristo. Es el Espíritu quien habla por ellos cuando son interrogados, quien da al mártir el valor para afrontar la prueba, la cárcel, los tormentos, el suplicio. Tertuliano, utilizando la imagen de los combates entre gladiadores en el circo, dirá que el Espíritu Santo es el entrenador de los mártires, por lo que pueden estar seguros de la victoria. Dichosos vosotros dice la 1Pe 4,14 si sois vituperados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Y así, se puede decir que durante el tormento los mártires viven en una dimensión sobrenatural, han entrado en la contemplación divina y no se aperciben de lo que sucede a su alrededor, de los tormentos que están sufriendo, como vemos que ocurre con santa Perpetua. Mas no pensemos que esto hace del martirio algo placentero, en absoluto, pues en esa dimensión sobrenatural en que se encuentra el mártir entra en combate con Satanás. Para los primeros cristianos el demonio es una realidad viva, presente, activa, que interfiere constantemente en la vida de la Iglesia y de los creyentes. A la cerril oposición que encontraban por parte del imperio romano, los cristianos no encontraron más explicación que el influjo del diablo, que se siente amenazado por la fe cristiana y reacciona intentando eliminarla por todos los medios, incluida la persecución cruenta. De modo que si el Espíritu Santo está presente durante el martirio sosteniendo al mártir, también lo está el diablo tentándolo. El mártir no es un superhombre, privado de afectos humanos, sino una persona que renuncia penosamente a todo lo que estima (las alegrías de la vida, el cariño de sus familiares, su vida, etc.) porque valora más el amor de Cristo. Y así, en muchos relatos martiriales de la antigüedad, vemos como el mártir tiene que resistir la tentación de sus familiares, sus amigos, sus colegas, que tratan de persuadirlo con lágrimas para que evite el tormento, le hablan de los hijos que deja, de la pobreza en que se verá sumida su familia, el dolor que infligirá a sus padres, etc. Las mismas presiones sufre a menudo de parte del juez, que no siempre es alguien guiado por un odio fanático contra los cristianos, y que a menudo propone al mártir una solución de compromiso, una vía media: por ejemplo, quemar un poco de incienso ante las imágenes de los dioses permaneciendo internamente, en su conciencia, fieles a Cristo. Algo que, por supuesto, el verdadero cristiano no puede aceptar. Pues bien, el demonio se servía de todo esto para enfriar el fervor de los mártires, y así lo percibían estos. Por eso, los primeros escritores cristianos verán siempre el martirio como una victoria definitiva sobre el diablo y sus artimañas, lo cual solo es posible porque el mártir obra en comunión con el Señor, Cristo actualiza en él su victoria sobre las fuerzas del mal. Y lo importante es que los frutos de esta victoria redundan no sólo en beneficio del mártir, sino de la comunidad eclesial entera, que confirmada por el testimonio valiente de sus hijos, reforzada por los dones del Espíritu, resiste con más valor los embates del enemigo. Es decir, el ejemplo de fortaleza y de amor del mártir, fortalece a otros cristianos, les da más generosidad para confesar su fe, redunda en bien de la Iglesia. Y así, el mártir con su confesión de fe y su entrega de la vida, reafirma el señorío de Dios sobre el mundo y en cierto modo lo realiza en su martirio, donde vence con Cristo al mal y al demonio. 6. El martirio como ofrenda eucarística Entre el martirio y la Eucaristía hay una relación especial, por la que se contempla éste como un sacrificio de acción de gracias, en el que el cristiano es la ofrenda que se consagra a través de la inmolación. Quien lo expresó con más intensidad fue san Ignacio de Antioquía, cuando escribe a los Romanos (4,1) acerca de su próximo martirio: Permitidme ser pasto de las fieras, gracias a las cuales alcanzaré a Dios. Trigo soy de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras a fin de 6

7 convertirme en pan puro de Cristo. Como vemos la resonancia eucarística es muy intensa en este texto. Y es que los mártires se alimentan de la Eucaristía, mientras están en la cárcel piden recibirla, pues la consideran fármaco de inmortalidad, antídoto que preserva de la muerte y asegura la vida para siempre en Cristo Jesús (San Ignacio de A., A los Efesios, 20,2). De esa manera, alimentándose del sacrificio pascual de Cristo, se preparan para participar de sus padecimientos, y experimentan no solo que tienen en sí el amor de Cristo, que les impulsa a devolverle tanto amor con la entrega de su propia vida, sino que su propio cuerpo (el del mártir), su persona, participa del sacrificio de Cristo y, gracias a él, se convierte en ofrenda agradable al Padre. Diariamente beben la sangre de Cristo dirá san Cipriano de los cristianos, para que [si llega el caso] puedan también ellos verter la sangre por Cristo (Epist. 58,1,2). Y así, Orígenes dirá que el martirio es la acción de gracias, la eucaristía suprema del cristiano. Más adelante, san Agustín afirmará que cuando los mártires derraman su sangre por los hermanos, no hacen más que dar lo que recibieron de la mesa del Señor (Tract. in Jo., 84,1-2). Esto nos lleva a pensar en monseñor Óscar Romero que muere celebrando la Eucaristía, o en los cristianos que en Irak o en África son asesinados mientras celebran la Misa. 7. El martirio de la vida cotidiana Ahora bien, el martirio, aunque esencial a la vida de la Iglesia, es un hecho extraordinario. No siempre ni a todos se les permite alcanzar una meta tan sublime. Como hemos dicho antes, el martirio es una vocación, reservada a unos pocos elegidos. De aquí el empeño puesto por los pastores de la Iglesia en señalar a los fieles formas de perfección donde canalizar el ansia de una entrega total a Dios. No se trata tanto de formas alternativas o sustitutivas del martirio, cuanto de una profundización y extensión a la vida de los ideales que están en la base del martirio, los cuales no son otros que los principios propios de la espiritualidad pascual y bautismal. Ya a finales del s. II, cuando decaen las persecuciones, comienza a hablarse de la vida ascética, moderada, virtuosa como un martirio cotidiano, no porque se quiera buscar un sustitutivo al martirio, sino porque se es consciente de que la vida cristiana en sí misma es un martirio, pues supone crucificar el egoísmo, la vanidad, la soberbia, la sensualidad, etc., supone negarse a sí mismo para seguir e imitar a Cristo. Así, Orígenes escribirá: quienes mortifican en sus miembros los estímulos de la lascivia y de la cólera, ofrecen a Dios un sacrificio vivo (Comentario a Rom. 9, 1). Y Clemente de Alejandría dirá: el cristiano da testimonio de noche, da testimonio de día; con sus palabras, con su conducta da testimonio Llevando en todo la cruz del Salvador, sigue las huellas del Señor. Pero será san Cipriano quien desarrollará una espiritualidad de la vida ordinaria centrada en el seguimiento y la imitación de Cristo sufriente, que se lleva a cabo en la lucha contra el pecado y en la vivencia de las virtudes cristianas. Para el cristiano dirá no existe solo la corona que se consigue con la persecución. También la paz tiene sus coronas, con las que somos coronados cuando salimos vencedores de los diversos y numerosos combates y de haber abatido y sometido al adversario (De celo, 16). Así, gracias a san Cipriano el ideal de la vida cristiana vivida según el espíritu del martirio se difunde por toda la Iglesia y produce posteriores profundizaciones en el tema. Por ejemplo, el tema martirial se une a la idea de virginidad por el Reino de los cielos, y Metodio de Olimpo escribirá que quienes se mantuvieron vírgenes fueron mártires, en cuanto sostuvieron la lucha contra las pasiones corporales no durante un breve periodo sino por toda la vida, sin rehusar combatir en el combate olímpico de la castidad. A algunos Dios les concede la gracia del martirio cruento, pero a todos los cristianos les pide vivir el misterio de la cruz en su vida ordinaria: negarse a sí mismo, sacrificarse por hacer el bien, por 7

8 vivir la caridad; vencer el egoísmo para servir al prójimo, llevar con paciencia los defectos ajenos o las injusticias que nos hacen; perdonar las ofensas, hacer el esfuerzo de rezar, de leer y meditar la Palabra de Dios en lugar de gastar el tiempo en ocios o diversiones, todo eso es ya un martirio, como exponía el mártir Montano: Imitar a Cristo de obra y de palabra, eso es sufrir el verdadero martirio y dar la prueba máxima de fe. Oh ejemplo grande para el creyente!. En conclusión, hemos dicho que el martirio es el don por excelencia del Espíritu Santo, pues bien, hoy que la Iglesia ha vuelto a convertirse en Iglesia de mártires debemos recordar que eso supone un nuevo Pentecostés para ella, pues donde hay un mártir allí está el Espíritu de Dios y manifiesta toda su potencia. Si las pruebas arrecian, el Espíritu Santo no nos abandona, sino que nos fortalece aun más, por lo tanto no debemos temer, sino tener grandeza de ánimo, generosidad, valor para dar testimonio de Cristo, como afirmaba san Ignacio de Antioquía: cuando el cristiano es perseguido por el mundo no necesita elocuencia, sino grandeza de ánimo, es decir, generosidad para sufrir y dar su vida si fuera necesario por Cristo, con la seguridad de que ni el sufrimiento ni la muerte tienen la última palabra, sino solo el Amor Sirvan como colofón las hermosas palabras con que san Hipólito concluye el tercer libro de su Comentario sobre Daniel, donde lleva a cabo una aplicación moral del relato bíblico del proceso y condena a muerte del joven profeta y de su posterior salvación, aplicación que, dejando de lado los detalles propios de la época, continúa siendo válida para los cristianos de todos los tiempos, llamados a ser mártires, es decir, testigos de su fe ante el tribunal de un mundo hostil: Imita a Daniel, no temas a los poderosos de este mundo ni te sometas al edicto de los hombres. Pues, aunque te arrojen al foso de los leones, el ángel te protegerá y amansarás las fieras, que se postrarán ante ti como ante un servidor de Dios. No se encontrará en ti herida alguna, sino que serás sacado vivo del foso y participarás en la resurrección. Serás señor de tus enemigos y darás gracias a Dios viviendo siempre, a quien sea la gloria y el poder por los siglos infinitos. Amén (Com. Dan. III, 30). 8

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