VIA CRUCIS. Roma, 2 de marzo de Según la adaptación del Via Crucis presidido por su Santidad el Papa Francisco el Viernes Santo de 2017


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1 VIA CRUCIS QUARTIERE SAN PEDRO 2 Roma, 2 de marzo de 2018 Según la adaptación del Via Crucis presidido por su Santidad el Papa Francisco el Viernes Santo de 2017 En el nombre del Padre... Introducción El amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del Hijo, llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra religiosidad. En el Gólgota, en efecto, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata, no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del amor. Y precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes... Padrenuestro Señor, nuestros ojos no tienen luz. Y, cómo acompañarte hasta tan lejos? «Misericordia» es tu nombre. Pero este nombre es una locura. Que se rompan los odres viejos de nuestros corazones. Sana nuestros ojos para que se llenen de luz con la buena noticia del Evangelio, cuando estemos al pie de la Cruz de tu Hijo. Y así celebraremos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3,18) del amor de Cristo, con el corazón consolado e iluminado. 1

2 Primera Estación: Jesús es condenado a muerte Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín (22,66). No tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín para pronunciarse. Desde hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida. Jesús debe morir. Desde que curó al paralítico en la piscina de Betesda, inaugurando el sábado de Dios que libera de toda esclavitud, las murmuraciones homicidas se desataron contra él (cf. Jn 5,1-18) Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde el día de su nacimiento, Herodes había decretado su muerte. (cf. Mt 2,16-18; Lc 2,34-35). Señor Jesús, Hijo predilecto, que viniste a visitarnos caminando entre nosotros y haciendo el bien, devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de muerte, tú conoces nuestros corazones retorcidos. Nosotros decimos que amamos el bien y queremos la vida. Pero somos pecadores y cómplices de la muerte. No nos abandones a nuestra violencia. Segunda Estación: Jesús es negado por Pedro Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho. Y, saliendo afuera, lloró amargamente (22,59-62). Es difícil declararse amigo de un condenado a muerte sin sentirse estremecido por el miedo. La fidelidad intrépida de Pedro sucumbe ante las palabras de la portera de la casa. Reconocerse discípulo del rabí galileo sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús que a la propia vida. Cuando se exige tener un valor semejante, la verdad no encuentra testigos. Los hombres están hechos de tal manera que muchos prefieren la mentira a la verdad; y Pedro pertenece a nuestra humanidad. 2

3 Después de algunos días, cerca de otro fuego, en la orilla del lago, Pedro reconocerá a su Señor resucitado y aprenderá el perdón sin medida que el Resucitado proclama sobre todas nuestras traiciones. Señor, Dios nuestro, tú has querido que fuera Pedro, el discípulo renegado y perdonado, el que recibiera el encargo de guiar a tu grey. Graba en nuestros corazones la confianza y la alegría de saber que, contigo, podemos atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad. Tercera Estación: Jesús y Pilato Lectura del santo Evangelio según san Mateo Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!» (27,24). La Roma de César Augusto, la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen la misión de conquistar a los pueblos para llevarles los beneficios de su justo orden. Y, sin embargo, el mismo Pilato, que afirma no haber encontrado ninguna culpa en Jesús, es el que ratifica su condena a muerte. En el pretorio, donde Jesús es procesado, la verdad resplandece: la justicia de los paganos no es superior a la del Sanedrín de los Judíos. Pero llega la hora, es más, está ya cerca, en que este Justo los reconciliará de otro modo, por medio de la Cruz y de un perdón que alcanzará a todos, judíos y paganos, los curará de sus cobardías y los librará de su violencia. Señor, Dios nuestro, ante Jesús entregado y condenado, no sabemos hacer otra cosa que disculparnos y acusar a los demás. Durante mucho tiempo hemos ignorado que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado, para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado. 3

4 Cuarta estación: Jesús rey de la gloria Lectura del santo Evangelio según san Marcos Los soldados se lo llevaron al interior del palacio al pretorio y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «Salve, rey de los judíos!» (15,16-18). Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia. Sin refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados. Pero, de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más? Hay una sola gloria en este mundo y en el otro, la de conocer y cumplir la voluntad del Padre. Ninguno de nosotros puede ambicionar una dignidad más alta que la de ser hijo en aquel que se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte en cruz. Señor, Dios nuestro, te pedimos que destruyas nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria. Destruye las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios a medida, un Dios distante. Haz que entremos en el gozo eterno, que nos hace aclamar a Jesús, revestido de púrpura y coronado de espinas, como el rey de la gloria Quinta estación: Jesús con la cruz a cuestas Lectura del libro de las Lamentaciones Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira (1,12). Por el áspero camino del Gólgota, Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo. En nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía que triunfantes derriban a sus malvados enemigos. 4

5 Jesús cae, se levanta, vuelve a caer, retoma el agotador camino, probablemente bajo los golpes de los guardias que lo escoltan, porque así es como son tratados, maltratados, los condenados en este mundo. Él, que levantó a los cuerpos postrados, que enderezó a la mujer encorvada, que arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo y puso en pie a los afligidos, hoy está ahí, hundido en el polvo. El Altísimo está en el suelo. Señor, Dios nuestro, te suplicamos que ayudes a tu Iglesia para que sepa mostrar cómo el Altísimo y el más Humilde son en ti un único rostro. Concédele que lleve la buena noticia del Evangelio a todos los que tropiezan y caen, que no hay caída que pueda apartarnos de tu misericordia. Sexta estación: Jesús y Simón de Cirene Lectura del santo Evangelio según san Mateo «Señor, cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» (25,37-39). Jesús tropieza por el camino. Pero es necesario continuar, caminar, seguir caminando, porque la meta del pelotón de soldados, que apremia a Jesús, es el Gólgota, fuera de los muros de la ciudad. En ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes. Parece ajeno a lo ocurrido aquel día. Está volviendo a casa, sin saber lo que le ha sucedido. El Evangelio ha conservado la memoria de su nombre, Simón, oriundo de Cirene. Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar el gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón, aliviando el dolor de un condenado a muerte, ha aliviado el dolor de Jesús, el Hijo de Dios, con el que se cruzó en su camino, en esa condición de esclavo que había asumido por nosotros, por él, por la salvación del mundo. Sin que él lo supiese. Señor, Dios nuestro, como una ofrenda santa, nosotros te presentamos todos los gestos de bondad, de acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo. Dígnate reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad, que habla más fuerte que todos los gestos de rechazo y de odio. Dígnate bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre. 5

6 Séptima estación: Jesús y las hijas de Jerusalén Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, [...] porque, si esto hacen con el leño verde, qué harán con el seco?» (23, ). El llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén como un gesto de compasión, este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo. No es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres, como si su destino en la historia fuese el de llorar, pasiva e impotentemente, mientras que son los hombres los que la escriben. En efecto, sus llantos son también, y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos de toda mirada y de todo reconocimiento, en un mundo en el que hay mucho que llorar. El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido. Señor, Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad, enséñanos, en los días felices, a no despreciar las lágrimas de los pobres que claman a ti y que nos piden ayuda. Enséñanos a no pasar indiferentes junto a ellos. Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos. Octava estación: Jesús es despojado de sus vestiduras Lectura del libro de Job «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él» (1,21). El cuerpo humillado de Jesús queda desnudo. Expuesto a las miradas de burla y desprecio. El cuerpo de Jesús plagado de heridas y destinado al suplicio extremo de la crucifixión. Jesús recién nacido, desnudo en el pesebre, desnudo en el río mientras recibe el bautismo como un siervo, colgado en el árbol de la cruz, desnudo, como un malhechor. Por medio de todo esto, él ha manifestado su amor por nosotros». 6

7 Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos no pueden ver: su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica en el momento de la Transfiguración. Señor, Dios nuestro, ponemos ante tus ojos la inmensa multitud de hombres que sufren la tortura, la asombrosa muchedumbre de cuerpos maltratados, temblando de angustia ante la amenaza de los golpes.te suplicamos, recoge su gemido. Pero tú sabes hacer lo que nosotros no sabemos. Sabes encontrar una salida en el caos y en la oscuridad del mal. Aumenta nuestra fe! Lectura del libro del Profeta Isaías Novena estación: Jesús es crucificado. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (53,5). En verdad, Dios está donde no debería estar. Pero ha caído en nuestras manos, en territorio de muerte y de violencia: la de cada día en el mundo, que nos deja atónitos; y la que se insinúa dentro de cada uno de nosotros. Era necesario que la dulzura de Dios visitase nuestro infierno, era el único modo de librarnos del mal. Era necesario que Jesucristo trajese la infinita ternura de Dios al corazón del pecado del mundo. Era necesario esto, para que la muerte, puesta ante la vida de Dios, se retirase y cayese, como un enemigo que encuentra un rival más fuerte que él y se dispersa en la nada. Señor, Dios nuestro, acoge nuestra alabanza silenciosa. Décima estación: Jesús en la cruz es humillado «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». [...] «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: [...] (los ángeles) te sostendrán en sus manos» (4,3.9-11). 7

8 No habría podido Jesús bajarse de la cruz? A duras penas nos atrevemos a hacernos esta pregunta. Y sin embargo, ella nos persigue en la medida en que aún seguimos formando parte del mundo de la tentación a la que Jesús se enfrentó durante los cuarenta días en el desierto, preludio e inicio de su ministerio Es entonces cuando se descubre la importancia absoluta de aquel «era necesario» (Lc 24,26), que Jesús enseña con paciencia y ardor a los caminantes de Emaús. Señor, Dios nuestro, quién nos librará de las insidias del poder mundano? Quién nos librará de la tiranía de la mentira, que nos lleva a enaltecer a los poderosos y buscar a la vez las falsas glorias? Sólo tú puedes convertir nuestros corazones. Sólo tú puedes hacernos amar los senderos de la humildad. Undécima estación: Jesús y su Madre Lectura del santo Evangelio según San Juan Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (19,25-27). También María ha llegado al final del camino. Ha llegado aquel día del que hablaba el anciano Simeón. Cuando tomó en sus brazos temblorosos al niño y su acción de gracias continuó con palabras misteriosas, que entrelazaban drama y esperanza, dolor y salvación. La lanza que atraviesa el costado del Hijo traspasa también su corazón. También María se sumerge en la confianza sin apoyo, en la que Jesús vive totalmente su obediencia al Padre. De pie, ella no huye. Stabat Mater. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Dios cumple sus promesas. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Jesús es la promesa y su cumplimiento. María, Madre de Dios, haz que toda la Iglesia se mantenga en una espera fiel, a imagen de tu fidelidad, humildemente dócil a los proyectos de Dios, que nos llevan hacia 8

9 donde no pensábamos ir; y que, más allá de toda expectativa, nos asocian a la obra de la salvación. Duodécima estación: Jesús muere en la cruz Lectura del santo Evangelio según san Juan Jesús dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. [...] Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis (19, ). Ahora todo está cumplido. La misión de Jesús está concluida. Vino desde el Padre para la misión de la misericordia. La cumplió con una fidelidad que lo llevó hasta el extremo del amor. Todo está cumplido. Jesús encomienda su espíritu en las manos de Padre. Señor Jesús, en estos días santos del misterio pascual renueva en nosotros el gozo de nuestro bautismo. Al contemplar el agua y la sangre que brotan de tu costado, enséñanos a reconocer en qué fuente se engendra nuestra vida, de qué caridad está edificada tu Iglesia, para qué esperanza, que compartir con el mundo, tú nos has elegido y enviado. Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz José de Arimatea, bajándolo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía (23,53). María, Madre de piedad, que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne y que ha acompañado tiernamente, discretamente durante sus años de vida, como madre que siempre cuida de su hijo. 9

10 Ahora es un cuerpo inmenso el que ella recoge, a medida de su dolor, a medida de la nueva creación que nace de la pasión del amor que ha atravesado el corazón del hijo y de la madre. Jesús ha sido arrancado de las manos de sus verdugos. Ahora, muerto, se encuentra entre aquellas de la ternura y de la compasión. Canto a María Oh María, no llores más: tu hijo, nuestro Señor, duerme en paz. Y su Padre, en la gloria, abre las puertas de la vida. Oh María, alégrate: Jesús resucitado venció a la muerte. Decimocuarta estación:jesús en el sepulcro y las mujeres Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto (23,55-56). Un Shabbat para quedarse quietos con el corazón recogido y la memoria oscurecida por las lágrimas. Para preparar también los perfumes y los aromas con los que ellas mañana, al amanecer, rendirán el último tributo a su cuerpo. Sin embargo, con este gesto, se preparan solamente a embalsamar su esperanza? Y si Dios hubiera predispuesto una respuesta a su solicitud que ellas no logran ni siquiera prever, imaginar, intuir? El descubrimiento de una tumba vacía..., el anuncio de que él ya no está allí, porque ha destruido las puertas de la muerte... Señor, Dios nuestro, dígnate ver y bendecir todos los gestos de las mujeres que honran en este mundo la fragilidad del cuerpo humano, que ellas rodean de dulzura y de honor. Y a nosotros, que te hemos acompañado en este camino de amor hasta el final, dígnate protegernos, junto a las mujeres del Evangelio, en la oración y en la espera que han sido colmadas con la resurrección de Jesús, final Por la intenciones del Santo Padre: Padrenuestro, Ave María, Gloria. 10

11 Mira, Señor de bondad, a tu familia santa, por la cual Jesucristo, nuestro Señor, aceptó el tormento de la cruz, entregándose a sus propios enemigos. Por nuestro Señor Jesucrito... V/ El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. R/ Amén. 11

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